Un lugar común suele indicar q ue “la primera vez nunca se olvida”. Pues bien, esta primera vez tendría asimismo otro aliciente especial: no sólo estábamos a punto de vivenciar la presentación de una banda que jamás se había aventurado por nuestras latitudes, sino que seríamos el único país en todo el Conosur que contaría con el honor de su visita. Así, entre cientos de criollos de toda nuestra nación y otros tantos coterráneos latinoamericanos (chilenos, brasileros, uruguayos y más), la noche dentro del Teatro de Flores fue tomando color y calor lentamente, cuando las primeras almas ingresaron al lugar y se fueron apostando a lo largo de la valla para la interminable espera.
El reloj estaba por dar las seis de la tarde cuando las cortinas se corrieron, dejando ver a los rosarinos de “Trident” bien plantados sobre el escenario, banda ésta de heavy tradicional si las hay, algo que se hace evidente por sus riffs apegados al legado de Accept y Manowar, y por los guiños desde los fraseos de bajo al clásico Iron Maiden. Resulta también emparentada esta agrupación a Judas Priest, si tomamos en cuenta el desempeño de su vocalista. Desde un principio se decidieron a encarar un show centrado básicamente en temas propios, que incluso contaron con la participación de su tecladista en las voces, quien además supo jugar un rol muy importante en lo concerniente a la base melódica, sostén necesario para las dos guitarras gemelas situadas al frente. Lo más llamativo, en esta oportunidad, fue lo desenvuelto de su bajista en escena, quien cobró un indiscutido liderazgo solo disputado por el cantante, lo cual los colocó a ambos como los dos miembros más activos sobre las tablas; ni que hablar de su baterista, quien tras los parches y platillos demostró una contundencia que en mucho contribuye al sexteto. Decíamos anteriormente que aprovecharon esta oportunidad para presentarse ante un público masivo, acercándoles parte de su producción discográfica, pero era imposible que se despidieran sin un cover. “Blood of my enemies” de Manowar fue el broche de oro más que apropiado para esta ocasión.
Si hablamos de heavy de los ochenta – ese género al que tantos quieren remitirse, aunque sólo pocos logran hacerlo de forma fiel -, no podemos dejar de lado el dato de que Argentina fue una vez la productora número uno de bandas de este estilo. “Paranoia” surgió con posterioridad a ello, por supuesto, pero si prestamos atención a su sonido, nos damos cuenta de a qué banda rinden inagotable culto estos cuatro muchachos. Centrados pura y exclusivamente en el machaque, bajo la consigna de “sucio y desprolijo” glorificada a nivel local por algunos, estos muchachos optan desde hace varios años por mantener la llama del metal nacional ardiendo. Por supuesto que su imagen y actitud en escena siguen ese mismo sendero. Pero vamos al grano: el precedente sentado por V8 es lo que rescataron – o intentaron rescatar, al menos – con la ayuda de solos estridentes a toda velocidad acompañados por un vocalista declamativo que bien podría adecuarse a una banda de heavy como a una de thrash... Pero de los ochentas, claro está. Y tantos años de permanencia en la escena tuvieron sus frutos, de alguna forma: los presentes les prestaron la debida atención, e incluso algunos coreaban las letras de los temas. Hora del cover, siempre respetando a sus influencias directas: en lo internacional, “Holy Diver” de DIO, y “Deseando Destruir y Matar” de los citados V8.
Con un comienzo sórdido, a lo Black Sabbath, viramos nuevamente de estilo para encontrarnos con una agrupación de sobrada trayectoria a nivel local, y ya reconocida por casi todos. Estamos hablando de “Montreal”; estos cuatro excelentes músicos sin dubitaciones de ningún tipo se sumergieron en un heavy 100% apegado a las raíces, alentado por un cambio rotundamente positivo en lo que a nivel sonido respecta, mostrándose mucho más sólidos sin perder adherencia ni por un instante. Adrenalina pura es lo que exhudaron sus miembros a lo largo de cada estrofa, en un show vívido con temas que no tardaron mucho en enganchar a los espectadores, y que a su vez contaron con una ejecución muy cuidada y prolija. Al contrario de sus predecesores, aquí todos los integrantes pusieron su cuota de movimiento sobre la tarima, teniendo todos ellos una porción de liderazgo equitativa de comienzo a fin, incluidos su baterista (cuya labor furiosa hizo que resaltara por sobre el resto) y su bajista (quien fue el encargado de poner el primer tapping de la noche sobre el tapete). “Entre el bien y el mal” fue sin dudas la gran estrella de la noche: de dicha placa tuvimos el gusto de escuchar algunos de los temas más representativos de la agrupación, mientras algo de lo nuevo – contenido en su próximo album titulado “Adrenalina” – llegó también a nuestros oídos. Realmente enloquecieron al público con un medley basado en “Man on a silver mountain” – “Heaven and hell” – Holy Diver, que dejó bien en claro la capacidad de su vocalista de estar a la altura de todo lo que sus compañeros gusten tocar.
Luego de haber pasado por una memorable etapa hard-rockera, el cuarteto originario de Long Island, Nueva York, se dedicó básicamente a constituirse como una de las bandas de inevitable referencia a la hora de hablar de heavy metal ochentero. ¿Fueron esos himnos gloriosos y cantos de batalla los responsables? ¿O quizás lo explosivo de sus presentaciones en vivo a lo ancho del globo, ininterrumpidas, que demuestran la tesitura con que David Defeis y Edward Pursino lucharon por mantener el barco a flote? Luego de presenciar semejante evento, podemos decir que ambas. De hecho, los primeros minutos de estos americanos sobre el escenario se vieron marcados por un colchón de teclado de tintes épicos, para que luego la tenue luz que iluminaba el estrado dejara ver un fondo de ruinas – en clara referencia a tantas de las portadas de sus discos, en esa búsqueda por rescatar la cultura griega y romana. La introducción de “And in the red sea” dejó entonces paso a “Kingdom of the fearless”, momento en el cual Defeis rompió con todo lo que se esperaba de él, actuando salvajemente, como si éste hubiese sido el último show de toda su vida. Y por supuesto que la expresión en el rostro de su compañero por tantas décadas tras la guitarra reafirmaba esa emoción y curiosidad, al mismo tiempo, por ver cuán cálida era la respuesta de este público nuevo, desconocido para ellos. “Through the ring of fire” fue justamente una de esas inevitables causales de pogo entre quienes se apiñaban ante los pies del vocalista, para cantar a todo pulmón aquellos clásicos que habían marcado su adolescencia. Porque algo que no mencionamos aún fue la increíble afluencia de metaleros que promediaban los cuarenta y un poco más también, acunados en sus primeros años junto al género por estas mágicas melodías.
A pesar de que el sonido no los acompañó de forma pareja en toda la noche – cabe preguntarse si fue responsabilidad del sonidista o de los músicos en cuestión -, Defeis, Pursino y Frank Gilchreist, con la compañía de Joshua Block alternativamente en bajo y guitarra, siguieron adelante entregando lo mejor de sí. Entre las sorpresas altamente esperadas, nos aguardaba “Symphony of steel”, verdadero caballito de batalla de la velada. Cual muñeca de caja musical a la que le hubiesen dado cuerda, el inagotable frontman no sólo trepó y saltó desde la tarima de la batería infinidad de veces, sino que adornó el final de cada estrofa levantando la punta de su pie, o alzando su puño al aire; “Noble Savage” no podía faltar en un evento de estas características, invitando nuevamente al pogo, que parecía una “devolución de gentilezas” ante la energía que no parecía tener fin arriba del escenario. Poco antes de que “Defiance” arrollara nuestras cabezas, un dúo a voz y viola nos dejó sin palabras, ante los imposibles agudos a los que Defeis hace nacer de su garganta y mantiene con un profesionalismo que verdaderamente llama la atención. Pero no todo era distorsión y machaque sin fin: bajando un poco el ritmo, y con guitarra electroacústica en mano, estos eternos luchadores nos regalaron “Don´t say goodbye” y “Gate of kings”. Sin embargo, aún faltaba mucho tiempo como para que ellos quisieran despedirse. Por eso “The voice as weapon” se encargó de revivir los ánimos tantos arriba como abajo del escenario, coronados por los aullidos y saltos de un Defeis que pronto nos condujo a “Dust from the burning”.
Otro dueto de voz y viola reapareció algunos minutos después, causando una especie de “deja vú” entre quienes nos animamos por un momento a despegar los ojos del escenario para mirar de reojo el reloj y ver que ya estábamos cercanos a las dos horas completas de show. Pero la fiesta estaba aún lejos de su finalización, y todavía quedaban algunas joyas desperdigadas en el setlist para terminar de hacer valer esta jornada única y prácticamente irrepetible (a pesar de que hubo promesas sobre un futuro regreso, así que, ¿quién dice?). “Immortal I stand” fue una de ellas, por ejemplo, que nos arrimó a su “Visions of Eden” lanzado en el 2006. Hasta este momento, sin lugar a dudas el protagonismo de la noche recaís inexorablemente en Defeis y Pursino, pero eso estaba a punto de cambiar. Con Gilchriest bien apostado tras los parches, un solo de batería sumamente estruendoso dispuso que la hegemonía debía ser compartida. Sólo instantes después, “A cry in the night” desembocó en el punto más alto de la carrera de Virgin Steele, ese himno que hasta quienes no son acérrimos fanáticos de la obra del cuarteto norteamericano conoce: “The burning of Rome (cry for Pompeii)” nos devolvió a esas historias de sangre derramada entre ruinas, de héroes y mártires. “On the wings of the night” y finalmente “Veni, Vidi, Vinci” se encargaron de concluir la gran actuación de “Virgin Steele” en nuestras tierras.
Nuestro agradecimiento a Marcela Scorca por facilitarnos dos acreditaciones de prensa para cubrir este evento.
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